Detener la mirada en el hoyo y exclamar: esta oscuridad me
pertenece. Respiro con la intensidad y observo su incandescencia: su humor de
perros a las siete y pico de la mañana, las líneas de expresión: su cuerpo ojeroso,
desperdigando ternura. Y repetirme: me quiero tanto, y abrazarme a la imagen
que, sutilmente, se cuela en el espejo. Quererme desde hoy y para siempre
tantísimo.
Caracas, 25 de diciembre Nada más terapéutico que leer en las noches a Marguerite Duras. E mpiezo a entender que el amor también es un petirrojo que canta en la ventana con un escarabajo en su boca.
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